La doctrina trumpista, la ultraderecha global y el secuestro de Maduro: el mundo que entra en fase de riesgo abierto

El National Security Strategy of the United States (diciembre de 2025) no es solo un documento programático: es la expresión doctrinaria de un giro autoritario, ultraderechista y abiertamente fascistoide en la política exterior de Estados Unidos bajo Donald Trump. No se trata de una estrategia defensiva, sino de la respuesta violenta de una potencia en declive, que reemplaza el multilateralismo por la fuerza bruta, la legalidad por la imposición y la diplomacia por la intimidación.

Estados Unidos reconoce —aunque no lo diga abiertamente— que ya no puede sostener el rol de guardián global. Pero, en lugar de aceptar esa pérdida de hegemonía de manera racional, el trumpismo opta por una salida típicamente fascista: repliegue identitario hacia adentro y agresividad sin límites hacia afuera.

En ese marco, el secuestro de Nicolás Maduro ocurrido hoy no es un hecho aislado ni una anomalía. Es una consecuencia directa de la lógica ultraderechista que estructura hoy la política de Washington.

Fascismo y “paz mediante la fuerza”

El documento consagra el principio de “paz a través de la fuerza”, una consigna históricamente asociada a los regímenes autoritarios y fascistas del siglo XX. Ello implica:

  • desprecio por el derecho internacional,
  • subordinación total de la diplomacia al poder militar,
  • debilitamiento deliberado de los organismos multilaterales,
  • normalización de operaciones encubiertas, secuestros y acciones extraterritoriales.

El secuestro de un jefe de Estado en ejercicio no es un exceso: es la aplicación coherente de una doctrina que concibe la política internacional como guerra permanente.

América Latina: campo de pruebas del trumpismo autoritario

Para la estrategia trumpista, el “Hemisferio Occidental” no es una comunidad de naciones, sino una zona de dominación natural, heredera directa de la Doctrina Monroe, ahora actualizada con lenguaje ultranacionalista y métodos neofascistas.

Venezuela ocupa un lugar central en esta narrativa:

  1. como enemigo ideológico, por su desafío al orden neoliberal;
  2. como objetivo ejemplarizante, destinado a disciplinar a toda América Latina.

El secuestro de Maduro transmite un mensaje inequívoco: ningún liderazgo que desafíe el orden impuesto por la ultraderecha estadounidense está a salvo, ni siquiera en su propio territorio.

La internacional fascista y el nuevo orden reaccionario

El trumpismo no actúa solo. El documento deja en claro su afinidad con las fuerzas de ultraderecha y neofascistas a nivel global, desde Europa hasta América Latina. Trump concibe estas fuerzas como aliados naturales: nacionalistas, xenófobos, antiinmigración, antiderechos y enemigos declarados del pluralismo democrático.

El ataque a Venezuela se inscribe así en una ofensiva más amplia: la construcción de un orden internacional reaccionario, donde la soberanía solo vale para los gobiernos alineados y donde la fuerza sustituye a la ley.

Consecuencias inmediatas y estructurales

Las consecuencias del secuestro de Maduro son graves y duraderas:

  • Escalada regional en América Latina y el Caribe.
  • Precedente fascista: se legitima la captura de mandatarios como herramienta política.
  • Colapso del principio de soberanía, reducido a consigna retórica.
  • Aceleración del alineamiento del Sur Global hacia China, Rusia y otros polos alternativos.
  • Radicalización política en Venezuela y en la región.

El mundo que se perfila

La National Security Strategy de 2025 dibuja un mundo sin reglas, sin árbitros y sin contención moral. El secuestro de Nicolás Maduro es uno de los primeros actos visibles de esta nueva fase histórica: menos hegemonía, más fascismo; menos consenso, más violencia; menos diplomacia, más coerción.

No estamos ante un imperio fuerte, sino ante una ultraderecha imperial en retirada que golpea antes de perder su capacidad de hacerlo. Y la historia demuestra que los poderes en declive, cuando adoptan el fascismo como salida, son los más peligrosos de todos.

La National Security Strategy 2025: doctrina de repliegue, ultraderecha y reordenamiento autoritario del mundo

La National Security Strategy (NSS) de diciembre de 2025 no debe leerse como un simple documento técnico de política exterior, sino como una pieza doctrinaria que cristaliza un cambio de época en la forma en que Estados Unidos se concibe a sí mismo y al orden mundial. Bajo la firma de Donald Trump, el texto combina diagnóstico estratégico, programa ideológico y justificación anticipada de prácticas coercitivas que rompen con los consensos construidos tras la Guerra Fría.

1. Una autocrítica que no es autocrítica

El documento reconoce que la pretensión de dominio global posterior a la Segunda Guerra Mundial fue un error. Sin embargo, esta admisión no conduce a una revisión ética del imperialismo estadounidense, sino a una reformulación pragmática del mismo. El problema no habría sido la dominación, sino su costo. No se cuestiona la legitimidad de mandar, sino la eficiencia del método.

“América primero” no implica retraimiento moral, sino selectividad estratégica: intervenir menos, pero golpear más duro; comprometerse solo donde el beneficio sea inmediato; abandonar la idea de bienes públicos globales y sustituirla por una lógica transaccional y de fuerza.

2. El mundo visto como esferas, no como comunidad

La NSS 2025 abandona definitivamente la retórica del “orden internacional basado en reglas” y adopta una visión esferizada del planeta. El mundo aparece dividido en grandes áreas de influencia, con dos polos principales:

  • Asia, estructurada en torno a China,
  • las Américas, concebidas como espacio natural de control estadounidense.

El resto del mundo —Europa, Medio Oriente, África— queda relegado a un estatus secundario, como zonas de apoyo, contención o amortiguación. No hay aquí una noción de igualdad soberana, sino una jerarquía implícita de espacios útiles.

3. El reconocimiento implícito del declive

Uno de los elementos más reveladores del texto es lo que no afirma explícitamente: Estados Unidos ya no puede sostener la hegemonía total. El abandono del rol de “guardián del planeta” no responde a una decisión ética o política, sino a una restricción material del poder.

Las derrotas militares acumuladas, el desgaste económico, la fragmentación interna y la emergencia de China como potencia sistémica obligan a Washington a replegarse. La agresividad del lenguaje y la exaltación de la fuerza funcionan, así, como compensación simbólica del declive real.

4. El frente interno: autoritarismo, economía y moral conservadora

La NSS articula la política de seguridad con una profunda reconfiguración interna. La seguridad deja de ser solo externa y pasa a entenderse como control social. El “enemigo interno” —migrantes, disidentes, minorías políticas o culturales— aparece como una amenaza tan grave como cualquier potencia extranjera.

En lo económico, se privilegia una reindustrialización subordinada al gran capital, con desregulación ambiental, incentivos fiscales y fortalecimiento del dólar. La tecnología —IA, biotecnología, computación cuántica— es concebida menos como motor civil que como multiplicador del poder militar.

Todo ello se completa con una ofensiva cultural: restaurar valores conservadores, cristianos y patriarcales, desmantelar las políticas DEI y reinstalar la competencia meritocrática como principio moral. Se trata de una ingeniería cultural reaccionaria, presentada como defensa de la “civilización occidental”.

5. Migración y soberanía: el cierre como doctrina

El anuncio del “fin de la era de las migraciones masivas” es uno de los ejes más duros del documento. La migración es definida casi exclusivamente como amenaza: económica, cultural, criminal y de seguridad nacional.

Aquí la soberanía se convierte en instrumento excluyente, no en principio universal. Estados Unidos exige respeto a la soberanía propia mientras impulsa activamente que otros países actúen como diques humanos, externalizando el control migratorio y normalizando políticas de cierre y represión.

6. China: el enemigo que ya no se nombra

La ausencia de ataques ideológicos directos contra China no es un gesto de moderación, sino una señal de reconocimiento forzado. La NSS evita confrontar frontalmente a un adversario que ya no puede ser intimidado sin costos.

En su lugar, construye un sistema de contención indirecta mediante alianzas (Quad, Primera Cadena de Islas, Taiwán), barreras económicas y despliegues militares. China es tratada como un hecho estructural del mundo contemporáneo, no como una anomalía corregible.

7. Europa: decadencia, racismo y afinidad neofascista

La mirada sobre Europa es particularmente reveladora del núcleo ideológico trumpista. El continente es descrito como débil, decadente y culturalmente suicida. La crítica a la Unión Europea, a las políticas migratorias, al Estado de bienestar y a la regulación de las Big Tech se combina con un temor demográfico apenas velado.

La apelación a que “Europa siga siendo europea” encierra una concepción racial y excluyente de la identidad. No es casual que el documento manifieste simpatía abierta por los partidos ultranacionalistas y neofascistas del continente, vistos como aliados naturales frente al liberalismo y el pluralismo.

8. Ucrania y Rusia: estabilidad sin principios

En el conflicto ucraniano, Estados Unidos se presenta como mediador indispensable, pero no como garante de justicia. La prioridad no es el derecho internacional ni la autodeterminación, sino la estabilización funcional, aun a costa de concesiones territoriales o políticas.

Europa es exhortada a seguir esta línea, aceptando un rol subordinado y disciplinado. La seguridad deja de basarse en normas y pasa a depender de acuerdos de fuerza entre potencias.

9. Conclusión: una doctrina de ultraderecha para un mundo en crisis

La NSS 2025 expresa una síntesis ideológica claramente fascistoide: nacionalismo extremo, desprecio por el multilateralismo, glorificación de la fuerza, xenofobia, conservadurismo moral y afinidad con movimientos autoritarios globales.

No estamos ante una estrategia de liderazgo responsable, sino ante la respuesta violenta de una potencia en declive, que busca conservar influencia mediante la coerción directa y la alianza con la ultraderecha internacional.

Este documento no anuncia estabilidad, sino conflicto; no promete orden, sino imposición. Y, en ese sentido, funciona como advertencia: el mundo que propone la doctrina trumpista es un mundo más inseguro, más brutal y profundamente regresivo.

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